jueves, 7 de octubre de 2010

Quizás, amaste a quien no debiste amar.

Con los ojos vidriosos sonríen. Ya no les queda nada. Ya no quieren nada. Es fácil recordar las mañanas en su casa, en la cama de sus padres, entre sabanas y almohadas que separan esos cuerpos que desean pegarse para siempre. Se besan, se comen, pegan bocados, se fuman despacito los labios del otro, entre lenguas que juegan a entrelazarse con amor. Y con la gracia de la verguenza se miran, se desnudan, se acarian, se necesitan.
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-Te quiero
-¿Por qué?
-Porque te necesito para saber quien soy cuando tengo dudas.
-Porque eres mis ojos cuando las mentiras me ciegan.
-Eres la respuesta correcta a las preguntas sin sentido.
-Porque eres mi sonrisa en los días de lluvia.
-Porque eres mi todo.
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Se duelen. Intentan desviar las miradas, palabras que se traban, que no salen, que no saben que decir. Intentan sostener el rojo de sus mejillas, la sonrisa que se va callendo, las lágrimas que se desbordan, los trocitos de corazón.

Quizá otros puedan recomponer, quizá el alcohol, quizá. Y buscan en otros labios los besos que se quedaron sin dar, los besos que les pertenecen. Corazones que laten en la distancia, que se buscan, ciégamente.

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