martes, 19 de enero de 2010

Mas de cinco dias antes.

Janette abrió la puerta pesadamente. Había tenido una tarde infernal y solo deseaba relajarse. Tiró las llaves al sofá mientras se quitaba su cazadora vaquera y se encaminó a la cocina a la vez se le escapaba un bostezo. Pegó un chillido y abrió los ojos como platos al comprobar que su botecito había desaparecido. Recorrió con sus pequeñas manos cada estante y cada cajón de la cocina desesperándose a cada movimiento y unas pequeñas lágrimas nacieron en sus ojos mientras se caía rendida en el suelo. Se levantó después de unos minutos y se dirigió a la habitación.
-¡MI MIEL!
-Eh… hola Jane.
Ella cogió ágilmente el tarro y alterada empezó a gritar.
-Me has quitado mi miel ¡y te la has comido!
-¡Eres tu la culpable de hacerme adicto a esta delicia!
-¡PERO ES MIA!
John sabía perfectamente que la miel era una de las pocas cosas que hacían que Janette se tranquilizara, se relajara y lo que le daba suficiente energía para terminar el día. Era una pequeña obsesión como cuando la gente abatida come helado o chocolate para desahogarse. Pues ella necesitaba la miel… y a él.
-Ven aquí tontorrona, y termínala conmigo.
Era tan dulce o más que la miel, y en efecto, ella lo prefería a él. Janette se tumbó encima de el, derramando parte de la miel en la sábana y rieron juntos, con un ritmo acompasado de risas y besos.
-Jane, tan golosa, tan dulce como la miel que devoras, me has convertido en adicto.
-¿De la miel?
-Y de ti.

Entre la dulcura que habia quedado en la cama, se fundieron dos en uno y uno, en dos. Dejando su olor pegado en la habitacion, ese olor, que ahora John echaba de menos.

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